Desde los Yunaites: escenas de un Tecnocholo en su laberinto
chuto Mayo 11th, 2008
Es fin de mes, pagaron ya. Con algo de ahorro y mucho de CTS acumuladas, Choledad Privada se tomó unas vacaciones la semana pasada por los Yunaites, así como para vacacionar con Miki, Pluto y esa gente. Y de paso, claro, para reflexionar desde “allá” sobre nuestro “acá” querido. Nos inundamos en un mundo donde la tecnología te invade y te refresca y te ultraja desde que te bajas del avión, te vas al baño o te sientas frente a una computadora.
Nuestro Perú de hoy no es lo que era. Atrás quedaron las edificaciones grises de los setentas (que más parecen bunkers de guerra velasquistas) y en su reemplazo surgieron unos cuantos edificios “inteligentes”. Eso sí, esta onda “inteligente” no se limita sólo a edificaciones. Ahí tenemos a nuestro burgomaestre “Cementito” Castañeda que se ha propuesto modernizar el transporte público con tecnología de punta y con mentalidad de empresario (ojo, “no de bodeguero”). Piletas electrónicas multicolor, cámaras que detectan los excesos de velocidad, “waters” que se jalan solos luego de su uso y hasta un sistema electrónico para el cumplimiento de nuestras obligaciones tributarias son sólo muestras que nos hacen sentir “globalmente a la par”.
Es curioso, porque esta tendencia por poblar nuestra choledad de tecnología y hacerla “inteligente” no nos convierte en expertos tecnocholos. Los procesos y los sujetos tenemos velocidades distintas. El proceso es largo aún y creemos que el “cambio de chip” tomará su tiempo. Las siguientes experiencias en Miami así lo demuestran:
Escena 1. El inca abre trocha: Tomamos el metro de una gringoide ciudad y luego de sentarnos e inspeccionar visualmente el artefacto móvil vimos que al final de cada vagón había puertas que permitían caminar a lo largo del tren. Nos acercamos y, haciendo un esfuerzo “hulk-esco”, introducimos nuestros dedos en las rendijas de la puerta y con mucha fuerza y harta kiwicha bicolor logramos atravesar la primera. Nos dirigimos hacia la segunda puerta y decidimos superar el impase fastidioso y aplicar la técnica utilizada con la puerta anterior mientras pensábamos “estos gringos no saben hacer puertas“. Nos posicionamos y “juaaaaa”, logramos abrirla entrando al siguiente vagón con el pecho en alto y mirando la cara de asombro de los gringos ante nuestra descomunal fuerza incaica. De pronto, un buen ciudadano se acerca y señala un botón verde que, al presionarse, abre la puerta AUTOMÁTICAMENTE con lo cual: (i) no era necesario dar muestras de nuestro legado muscular incaico y (ii) la cara de los lugareños no era de admiración sino de asombro (y hasta indignación) por nuestra descarada manera de destruir un bien público. Nos ruborizamos: “aún no somos tecnocholos”.
Escena 2. A mí me gusta la gasolina, dame más gasolina: Cuando la tecnología es combinada con un autoservicio, el tema se complica. Nos tocó alquilar un auto e ir al grifo a llenar el tanque (no a echar “10 lucas de 90, por favor“. Buscamos y buscamos, pero no había grifero. Nos indican que debemos ir a la tienda del grifo, pagar al cajero la cantidad de gasolina que deseamos consumir y echarla al tanque NOSOTROS MISMOS. “¿Qué… nadie me va a vigilar?” Aterrados, seguimos las tontas instrucciones del Primer Mundo. Quedamos maravillados por algo que se huele en el ambiente y que si no fuera por el slogan del Banco Azteca, ya la hubiéramos dejando en el olvido: la confianza. i) ¿Cómo controlan si echamos más gasolina de la cuenta?, (ii) ¿por qué confían tanto en mí si yo no soy de fiar así nomás? (al menos, eso es lo que me han inculcado al otro lado del oceáno), (iii) ”¿se podrá hacer alguna criollada?”. Pero nadie nos vigila, sólo nuestra propia y creativa conciencia peléandose a golpes con otra realidad: nos volvemos a ruborizar y decimos “sí pues, aún no somos tecnocholos”.
Escena 3. Extrañamos a Wong: Nos damos cuenta de que tenemos que ir a comprar víveres al supermercado bajo sanción de morir de inanición. Es invierno, el frío congela y el supermercado más cercano está a dos cuadras. Bueno, ”caballero” decidimos caminar, con la cara llena de mini témpanos de hielo (como Di Caprio agonizando en las últimas escenas de Titanic) y cargando ocho bolsas llenas de comida chatarra. Los vecinos nos miran nuevamente con asombro y nosotros nos maravillamos porque seguimos haciendo gala de la resistencia al frío que llevamos en la sangre, producto de años de supervivencia precolombina en la puna perucha. Un sabio lugareño se nos acerca: “¿por qué no ordenan el pedido por Internet?, te lo traen a la puerta de tu casa”. Nos hacemos “un mundo” porque (i) nunca hemos comprado (a lo más en Lima la pedimos) comida por Internet, (ii) nos espanta que alguien se robe el número de nuestra tarjeta de crédito (aún cuando ello es más factible al dársela a un mozo en cualquier restaurante), y, (iii) ¿qué pasa si nos estafan y no nos traen nada?. El colaborador vecino nos ayuda a hacer nuestra primera compra virtual y mientras la hace nos ruborizamos pintando de rojo y blanco nuestra cara, en estricta emulación a nuestra bandera, y decimos “confirmado, aún no somos tecnocholos”.
¿Cómo se vive y se vence esta camino hacia una tecnochología plena? Pensamos entonces en su rol más allá de su utilidad, practicidad y modernidad. ¿No es acaso la tecnología un proceso que debería reflejar a la sociedad que la descubre y la usa? En ese sentido, es como la publicidad. Un cartel no puede obligarte a pensar algo que tu sociedad, tu familia y tus amigos ya no te han acostumbrado a pensar, porque no te sentirías reflejado en ella y no la comprarías. Igualmente, la tecnología debería reflejar tu cultura, y en este caso, esta tecnologia responde a una cultura normativa feroz del gringo donde las consecuencias de sacarle la vuelta a la tecnologia y a la norma son demasiado radicales (no porque sean unos moralistas a ultranza).
Si pretendemos que un “copy-paste” de tecnología ajena en nuestro diaerio vivir nos convierta en tecnocholos, estamos muy equivocados, hay una tarea pendiente por asimilar los procesos de valores que se esconden tras ella, hasta el punto que logremos usarla sin sentirnos tan ruborizados como en estas escenas. La pregunta que nos deja en ascuas tras recordar estas escenas es: ¿cómo vive un peruano la tecnología en una visita fugaz al Primer Mundo? Sin embargo, lo que aparece no es una respuesta sino una nueva pregunta, parafraseada por el ícono popular de nuestra bella y transparente idiosinscrasia, la sabia Susy Díaz en todo su esplendor: nosotros no vivimos la tecnología, la tecnología nos vive, y nosotros nos dejamos vivir.
* Intuimos que nuestros cholegas migrantes nos podrán contar sus primeras experiencias como tecnocholos cuando eran aún nuevos en esas tierras, y cómo ahora, esa tecnochología debe fluir por sus venas.
** La foto original del inca se encuentra en el siguiente link.











robar el arroz solo de frente de la olla?, cochina costumbre que nos incrimina gozosamente. Por eso, terrible fue ver negada nuestra choledad con el alienado spot televisivo de Mayonesa
Nos despertamos con el escandaloso anuncio sobre las restricciones a nivel mundial en la venta de arroz. Anuncia la periodista que esta situación podría afectar a nuestro país, dado que consumimos un promedio de 60 kg por cabeza al año de arroz, lo que podría hacer rugir a las más demandantes tripas peruchas. Por un momento, alucinamos de lo lindo. Nos imaginamos la histeria colectiva que causaría la ausencia del arroz, los tsunamis humanos en protesta en las calles, las bombas lacrimógenas y las huelgas nudistas exigiéndole a un Alfredo estatal imaginario literalmente “más arroz”. Imaginamos también, al estilo de King Kong o Godzilla, a Pachacamac en versión felino moteado, atacando la ciudad de Lima y trepado a una de las torres de Larcomar secuestrando a Florcita Polo con una de sus garras, exigiendo por su liberación que se eliminen esas restricciones calamitosas contra nuestro amigo, el arroz. 

Modalidad CHOLO ON 1 = ”Incitar al Salud”
Modalidad CHOLO ON 2 = “Decir chau 16 veces en una misma noche”
do la gente de El Bocón les toma la foto como para decir que el ser pelotero le ha dado tribuna social. Los
ciendo “¿Alo? No, no, no estoy ocupado, estoy en el cine viendo una pela“.


naria y veddetesca porrista burrier satisfecha con el servicio brindado, le mandamos estas olas de aliento al INPE por esos aciertos y contradicciones que tacu-taquísticamente saben combinar:
ervicio que pretenden dar no es sólo sexo sino de recreación de una vida doméstica resumida en sexo, risas y sus respectivas dosis de violencia, peleas, indiferencia y preocupaciones maritales.
bajar al llano cuando quiere. Cada vez que se dirige a algún limpiador de carros o vendedor ambulante (sobre todo cuando está su hijo acompañándolo porque ojo!, Lucho el tío perucho siempre es padre) le suelta un buen “Maestrito“ entonando la voz en un fallido intento de imitación como para mostrarle que maneja el mismo código. Lleva a sus hijos a La Victoria para que aprendan a hablar con los mecánicos, manejen la “jeringa” y se engrasen las manos como un buen macho. Cuando su palacete urbano en Chacarilla se encontraba en plena construcción solía comprarles ”joncas” de chela a los obreros y chupaba con ellos. 