Desde los Yunaites: escenas de un Tecnocholo en su laberinto

chuto Mayo 11th, 2008

Es fin de mes, pagaron ya. Con algo de ahorro y mucho de CTS acumuladas, Choledad Privada se tomó unas vacaciones la semana pasada por los Yunaites, así como para vacacionar con Miki, Pluto y esa gente. Y de paso, claro, para reflexionar desde “allá” sobre nuestro “acá” querido. Nos inundamos en un mundo donde la tecnología te invade y te refresca y te ultraja desde que te bajas del avión, te vas al baño o te sientas frente a una computadora.

Nuestro Perú de hoy no es lo que era. Atrás quedaron las edificaciones grises de los setentas (que más parecen bunkers de guerra velasquistas) y en su reemplazo surgieron unos cuantos edificios “inteligentes”. Eso sí, esta onda “inteligente” no se limita sólo a edificaciones. Ahí tenemos a nuestro burgomaestre “Cementito” Castañeda que se ha propuesto modernizar el transporte público con tecnología de punta y con mentalidad de empresario (ojo, “no de bodeguero”). Piletas electrónicas multicolor, cámaras que detectan los excesos de velocidad, “waters” que se jalan solos luego de su uso y hasta un sistema electrónico para el cumplimiento de nuestras obligaciones tributarias son sólo muestras que nos hacen sentir “globalmente a la par”.

Es curioso, porque esta tendencia por poblar nuestra choledad de tecnología y hacerla “inteligente” no nos convierte en expertos tecnocholos. Los procesos y los sujetos tenemos velocidades distintas. El proceso es largo aún y creemos que el “cambio de chip” tomará su tiempo. Las siguientes experiencias en Miami así lo demuestran:

Escena 1. El inca abre trocha: Tomamos el metro de una gringoide ciudad y luego de sentarnos e inspeccionar visualmente el artefacto móvil vimos que al final de cada vagón había puertas que permitían caminar a lo largo del tren. Nos acercamos y, haciendo un esfuerzo “hulk-esco”, introducimos nuestros dedos en las rendijas de la puerta y con mucha fuerza y harta kiwicha bicolor logramos atravesar la primera. Nos dirigimos hacia la segunda puerta y decidimos superar el impase fastidioso y aplicar la técnica utilizada con la puerta anterior mientras pensábamos “estos gringos no saben hacer puertas“. Nos posicionamos y “juaaaaa”, logramos abrirla entrando al siguiente vagón con el pecho en alto y mirando la cara de asombro de los gringos ante nuestra descomunal fuerza incaica. De pronto, un buen ciudadano se acerca y señala un botón verde que, al presionarse, abre la puerta AUTOMÁTICAMENTE con lo cual: (i) no era necesario dar muestras de nuestro legado muscular incaico y (ii) la cara de los lugareños no era de admiración sino de asombro (y hasta indignación) por nuestra descarada manera de destruir un bien público. Nos ruborizamos: “aún no somos tecnocholos”.

Escena 2. A mí me gusta la gasolina, dame más gasolina: Cuando la tecnología es combinada con un autoservicio, el tema se complica. Nos tocó alquilar un auto e ir al grifo a llenar el tanque (no a echar “10 lucas de 90, por favor“. Buscamos y buscamos, pero no había grifero. Nos indican que debemos ir a la tienda del grifo, pagar al cajero la cantidad de gasolina que deseamos consumir y echarla al tanque NOSOTROS MISMOS. “¿Qué… nadie me va a vigilar?” Aterrados, seguimos las tontas instrucciones del Primer Mundo. Quedamos maravillados por algo que se huele en el ambiente y que si no fuera por el slogan del Banco Azteca, ya la hubiéramos dejando en el olvido: la confianza. i) ¿Cómo controlan si echamos más gasolina de la cuenta?, (ii) ¿por qué confían tanto en mí si yo no soy de fiar así nomás? (al menos, eso es lo que me han inculcado al otro lado del oceáno), (iii) ”¿se podrá hacer alguna criollada?”. Pero nadie nos vigila, sólo nuestra propia y creativa conciencia peléandose a golpes con otra realidad: nos volvemos a ruborizar y decimos “sí pues, aún no somos tecnocholos”.

Escena 3. Extrañamos a Wong: Nos damos cuenta de que tenemos que ir a comprar víveres al supermercado bajo sanción de morir de inanición. Es invierno, el frío congela y el supermercado más cercano está a dos cuadras. Bueno, ”caballero” decidimos caminar, con la cara llena de mini témpanos de hielo (como Di Caprio agonizando en las últimas escenas de Titanic) y cargando ocho bolsas llenas de comida chatarra. Los vecinos nos miran nuevamente con asombro y nosotros nos maravillamos porque seguimos haciendo gala de la resistencia al frío que llevamos en la sangre, producto de años de supervivencia precolombina en la puna perucha. Un sabio lugareño se nos acerca: “¿por qué no ordenan el pedido por Internet?, te lo traen a la puerta de tu casa”. Nos hacemos “un mundo” porque (i) nunca hemos comprado (a lo más en Lima la pedimos) comida por Internet, (ii) nos espanta que alguien se robe el número de nuestra tarjeta de crédito (aún cuando ello es más factible al dársela a un mozo en cualquier restaurante), y, (iii) ¿qué pasa si nos estafan y no nos traen nada?. El colaborador vecino nos ayuda a hacer nuestra primera compra virtual y mientras la hace nos ruborizamos pintando de rojo y blanco nuestra cara, en estricta emulación a nuestra bandera, y decimos “confirmado, aún no somos tecnocholos”. 

¿Cómo se vive y se vence esta camino hacia una tecnochología plena? Pensamos entonces en su rol más allá de su utilidad, practicidad y modernidad. ¿No es acaso la tecnología un proceso que debería reflejar a la sociedad que la descubre y la usa? En ese sentido, es como la publicidad. Un cartel no puede obligarte a pensar algo que tu sociedad, tu familia y tus amigos ya no te han acostumbrado a pensar, porque no te sentirías reflejado en ella y no la comprarías. Igualmente, la tecnología debería reflejar tu cultura, y en este caso, esta tecnologia responde a una cultura normativa feroz del gringo donde las consecuencias de sacarle la vuelta a la tecnologia y a la norma son demasiado radicales (no porque sean unos moralistas a ultranza).

Si pretendemos que un “copy-paste” de tecnología ajena en nuestro diaerio vivir nos convierta en tecnocholos, estamos muy equivocados, hay una tarea pendiente por asimilar los procesos de valores que se esconden tras ella, hasta el punto que logremos usarla sin sentirnos tan ruborizados como en estas escenas. La pregunta que nos deja en ascuas tras recordar estas escenas es: ¿cómo vive un peruano la tecnología en una visita fugaz al Primer Mundo? Sin embargo, lo que aparece no es una respuesta sino una nueva pregunta, parafraseada por el ícono popular de nuestra bella y transparente idiosinscrasia, la sabia Susy Díaz en todo su esplendor: nosotros no vivimos la tecnología, la tecnología nos vive, y nosotros nos dejamos vivir.

* Intuimos que nuestros cholegas migrantes nos podrán contar sus primeras experiencias como tecnocholos cuando eran aún nuevos en esas tierras, y cómo ahora, esa tecnochología debe fluir por sus venas.

** La foto original del inca se encuentra en el siguiente link.

El Perú avanza… pero también se cansa

chuto Mayo 8th, 2008

Foto tomada “in fraganti” en Plaza Hogar, Av. Angamos Este 1551, Surquillo

“Una visita a Plaza Hogar es más que un par de horas… la gran variedad en estilos, modelos y precios y calidad hacen de plaza hogar un muy buen lugar para adquirir algo más que muebles… es encontrar tu personalidad, tu comodidad, tu forma de vivir. Camina, busca, pregunta, siéntate, échate… lo que buscas lo encuentras”. Testimonio con nombre y DNI incluído en la página web de Plaza Hogar.

Ciertamente, el emporio de fabricantes artesanos (muchos ex-Villa el Salvador) que se ha reunido en esta ciudad amoblada en Surquillo es la muestra explícita del empuje del peruano. Volteas a tu derecha y encuentras espejos, closets, aparadores, mesas de noche (¿no se usan en el día?). Volteas a tu izquierda, y hay catres, divanes, muebles de exportación (desde el aburrido marrón hasta un verde fosforescente Faber-Castell). En el imaginario del peruano (el emergente y el “emergido”), toda referencia a la construcción inmobiliaria, impulsos y deseos por amoblar, pintar, decorar o (qué graciosas son las palabras) “terminar los acabados“ nos transporta inmediatamente a una idea de progreso muy particular.

Comprar un estante, un escritorio, una mesa de comedor, significa que hay libros que leer, que hay trabajo en una oficina, que hay una familia que se alimenta. “Es señal, Sancho, que avanzamos“). Crecer, sin embargo, es extenuante y ante la multitudinaria presencia de los muebles, el peruano cae rendido con su calculadora al lado. Paradójico, cholegas, que aquello de ”rendido” podamos entenderlo en este caso en su acepción más opuesta posible.

La discriminatitis aguda: me muero por ser socia del Regatas

chuto Mayo 7th, 2008

Carta enviada al Congreso de la República en razón del decreto de ley que prohíbe la discriminación por género en los clubes.
CONGRESO DE LA REPÚBLICA DEL PERÚ
Sr. Luis González Posada
Presidente.-  

Recibí el encargo como asociada del gremio femenino de Choledad Privada de dirigirles una carta en relación a la marejada de paternalismos excesivos causados por el bendito decreto de ley que prohíbe la discriminación por género en las asociaciones civiles y, con ellos, a los ataques venusianos contra el Regatas Lima, el Club Nacional, los Masones, y otros clubes de varones.  

Para empezar, debo sincerarme con ustedes: es cierto, me muero por ser socia del Regatas. Me encanta tirarme medio día de mi existencia diaria en las colchonetas de la playa 1, almorzar un cebichito con la mancha del gimnasio, regodearme con la sociedad más fru-fru-fru de Lima mientras nos hacen la manicure y nos tomamos un Daiquiri y regresarnos a la casa donde el marido socio nos espera, sí, yo quiero ser socia. No lo soy, mis hijas no son hijas mías sino hijas de socio, y no quiero ni pensar lo que ocurriría si el desgraciado me deja o me saca los cuernos y me obliga a separarme de su membresía. Sí pues, es cierto, soy lo que en estas tierras high-chorrillanas se conoce como “esposa de socio”. ¿Y?  

Ahí al menos me dan playa, porque en el Club Nacional por las justas me dejan entrar a tomar el té con las chicas y comerme un lomito saltado en el comedor principal (que, debo ser sincera, me hace sentir como Kate Winsley dentro del mismísimo Titanic), pero de ahí si quisiera ir al sauna, la biblioteca, la piscina temperada y demás servicios sofisticados, necesitaría saco, corbata y algo más (o alguito, depende de los casos). No lo niego, me hierve la sangre pensar que están todos esos egos viriles juntos y semidesnudos al pie del jacuzzi, hablando de controles remotos, finanzas, películas y de Alan García, y yo acá sin club elitista de sólo chicas que me consuele.  

Pero, no se pasen, de ahí a que necesite ser salvada de tamaña “discriminación” frívola por no tener la titularidad de la membresía a un mundillo de calzoncillos residenciales, no pues. Déjenlos con sus clubes y sus membresías, no nos dará ese carné una victoria en materia de igualdad. Que en un caso es inconsecuente, lo es (después de todo, somos las que más consumimos los servicios del Regatas y las que garantizamos las medallas de oro de las selecciones de vóley -aquí se apela a dicho argumento pero siempre con la etiqueta de discriminación); que en el otro caso es vilmente separatista e infantil, lo es (no es otra cosa que la eterna manía heterosexual de separar a los hombres y a las mujeres en cuanta reunión adolescente y familiar existe en esta tierra -ello sin contar que desde bebes ya nos ponen la etiqueta celeste “para hombrecito” y rosada “para mujercita”). Pero, ¿qué es lo que nos arde discrimina exactamente?, ¿nos discrimina ser “esposas de socio” o que exista un espacio donde nos impiden ser socias?, ¿nos discrimina la libertad de asociación de la hegemonía masculina o es que toda libertad masculina será ya eternamente cual pecado original una discriminación histórica contra nosotras? ¿Es que toda separación será confundida con discriminación? (aquí, aquí y aquí algunos ataques y/o problemas al “entender” la discriminación).  

¿No escondemos bajo estandartes de la igualdad un claro sesgo paternalista por quienes creemos apremiantes de igualdad? Recordemos que el problema de la discriminación no está en la existencia misma de la diferencia sino en el trato excluyente, ofensivo y minimizante que se hace en nombre de esa diferencia. Así como no debemos reducir el problema del racismo a una cuestión de color de la piel ya que choleamos y negreamos por cuestiones muchos más complejas y ridículas, así también no reduzcamos el problema del machismo a la existencia de espacios de varones, porque las mujeres no tenemos que sentirnos excluidas de cuanta reunión, cargo o territorio no se nos invite siempre que ello no nos quite libertades, y yo, señor González Posada, no soy menos libre ni menos ciudadana ni menos mujer porque no sea socia del Regatas o porque no tenga una piscina temperada exclusiva para señoras cerca del Jirón de la Unión.  

Mientras creen estar abriendo camino a la igualdad, le tiran barro a la libertad de elegir con quién juntarnos dentro de nuestras cuatro paredes, ya sea con nuestros pares por edad, género, color de piel o distrito de residencia. Así, esperen entonces que mañana el Gremio de Ingenieros denuncie de discriminadores a la Asociación de Periodistas, que el Club de Damas de Pueblo Libre sea acusado por las vecinas de San Borja y los Alcohólicos Anónimos sean satanizados cuando los adictos a la heroína quieran ingresar a sus filas (ver lo que dice Mesinas y la Guachimana hace ya un buen tiempo al respecto). Se acabó, mañana mismo empiezo la gestión municipal para levantar mi Club Nacional “Micaela Bastidas” y ahí sí no dejo entrar a ningún marido, a ningún congresista ni a ninguna feminista sin propuesta. Ahí me gustaría ver si los González Posadas de este país se ponen a defender a su gremio de tamaña discriminación. Habráse visto venir a cuidarme a estas alturas de mi vida en república de los varones impíos de una sociedad que tiene reales problemas discrminatorios que resolver.   

Gracias, Chuto, por publicar mi carta, este virus de la discriminatitis aguda que padecemos últimamente los peruanos nos impide luchar contra las verdaderas desigualdades salariales, laborales, domésticas, políticas que existen entre hombres y mujeres, y magalygísticamente creer que la defensa de los derechos en formato sensacionalista da mejores réditos a nuestro Congreso. No pues, chicos, no se confundan, así no juega Perú.  

Atentamente,
Elisa - Choledad Privada
* Pronto, la discriminación racial en el Regatas. Señores y señoras, esto SÍ es discriminación. Nótese la diferencia. Y más conductas racistas del Club Regatas, en esta carta.
** Choledad Privada utiliza y promueve el uso de obras licenciadas bajo Creative Commons. Los autores de las fotos que ilustran este cholopost son los cholegas Sorgi, Darco TT y Verónica Orbegoso.

Mi mamá me mima. Yo amo a mi mamá (versión Tarantino-ayacuchana)

chuto Mayo 6th, 2008

* (Nota: este artículo puede herir su susceptibilidad (o, si piensa que no la tiene, puede resucitarla).

Después de ver a mamás y mamitas en cuanta publicidad de leche, ropa, detergente, maquillaje y tarjetas de crédito hay en nuestro país a medida que se acerca el segundo domingo de mayo, nos complace cuesta mostrar una faceta de nuestra maternidad que también vive entre la Cordillera de nuestros Andes, no precisamente con esas cuotas de dulzura, candor y melosidad que vemos en la tele todos los días. En nuestro último viaje a Ayacucho, en la comunidad de Taca, provincia de Víctor Fajardo, tuvimos la increíble suerte de pasar uno de los Días-de-la-Madre más sui generis de nuestra vida. 

Un toldo de cerveza Cristal estaba amarrado en unos troncos encima de las gradas de la deslumbrante loza deportiva que la minera había construido hacía pocos meses. A las 11am, las gradas disponibles estaban llenas de mamitas, casi todas con los senos enhiestos y las bocas de sus niños embebidas y ocupadas cual vídeo de Wendy Sulca. Intentamos trarles una foto, cholegas, pero estas mamitas ya están globalizadas y nos cobran con “una Inka Kola sin helar“ la contraprestación por imagen captada (¿la naturalidad de la maternidad convertida en un negocio?) Después que el presentador anunció unos primeros números artísticos frustrados (llamó 5 veces a un niño que declamaría una poesía, pero el niño nunca llegó; y luego presentó un baile, pero las niñas tenían vergüenza y decidieron no salir. Chaposas, todas se ocultaban tras la profesora de baile y reían como los niños tímidos de nuestra serranía saben reír: con la boca tapada). El presentador no perdió el tiempo: “Presentaremos entonces la obra La Madre Humilde“.

Una señora nos ofreció gelatina con flan, no pudimos resistirnos al calor y compramos un vasito. El show parecía empezar con fuerza. Había un plato de sopa servido sobre una mesa al centro de la loza. Una niña vestida de señora sentada en la silla: “la madre”. “El hijo” entró con el acompañamiento de la banda. “El hijo” caminaba lentamente, miró el plato de sopa, luego a su madre. Grandes actores, estábamos atentos y ansiosos. La cámara lista para captar la escena del abrazo, del beso. Ante la mirada atónita de los espectadores exclamó: “¿OTRA VEZ SOPA DE FIDEOS, DESGRACIADA?” Y con una manazo, arrojó el plato de sopa al piso, los fideos canutos explotaron en al aire y le cayeron encima a la gente. Un gran “Ohhhhh” invadió la loza, fue un momento memorable. Los perros aparecieron miles a acabar con los fideos. Las mamitas lloraban, las lágrimas se les salían como un abrir y cerrar de caños como sucedía en los capítulos de La Pequeña Maravilla. Todo era sorpresa y dolor entre la gente. Nos quedamos anonanados. Fue un inicio a lo Tarantino.

El hijo abandona el cuarto de la madre, le dice que no volverá jamás, que está harto de esa vida (y de su sopa de fideos). La madre le alcanza una chompa al hijo desagradecido. Una señora a mi lado exclama: “Y todavía es buenita la mamá“. Otras lo insultan en quechua y le gritan como si fueran panelistas pagadas de Laura Bozzo. De pronto, un cambio de escena abrupto. Una niña vestida de mujer voluptuosa, lentes oscuros, cabello negro y minifalda, aparece por la loza. Los alumnos enloquecen: es la limeña, la mala. “El hijo” le declara su amor: “Sonia, mamita, yo te amo, yo te quiero, suplico tu amor“. “La limeña” no cree en su amor. Le propone algo macabro para comprobarlo: “Quiero que me traigas el corazón de tu madre“. “El hijo” se sorprende: “¿El corazón de mi madre?”. Vaya, qué metáfora, pensamos. Es una obra cumbre, una sutileza de contenido, un mensaje aleccionador, no se trata de amauters, es una muestra simbólica del amor maternal. La siguiente escena derrumbó esta tesis y nos cacheteó con toda su dureza. Sí, cholegas. “El hijo” llegó con un cuchillo al cuarto de la madre y le sacó el corazón. ¿Un amague? ¿Fingió sacar algo de su pecho? No, una bolsa de sangre de vaca explotó en el pecho de la actriz, y vísceras, intestinos y un gran, enorme corazón real apareció en la mano del “hijo”, quien satisfecho por su obra, buscó a la limeña, a esta mala mujer que había convertido el show en una matanza feroz. Las mamitas y sus niños lactantes miraban atónitos. Una mujer nos dijo: “Así hacen estos desgraciados. Matan por una mujer“. Nosotros estábamos mudos.

“La limeña” abrazó al “hijo”, lo llenó de besos, le agradeció su valor. El “hijo” lloraba, acompañaba así a las espectadores que con su llanto habían suplantado a la banda como música de fondo. El “hijo”, arrepentido por la acción, corta el corazón en cuadritos con el cuchillo asesino y diciendo “¿Querías el corazón de mi madre?” se lo embistió a la mujer en la boca,: la sangre y las menudencias mancharon su vestuario. La actriz cayó en medio de las risas y el llanto de la gente. “El hijo” debía purgar su culpa. Asesinó a la mujer y se quitó la vida, cada cuchillada una bolsa de sangre que explotaba. Los charcos de sangre estaban por toda la loza, en las ropas, en su piel, en el cemento.

Todos aplaudieron. Imaginen esta escena: las mamitas no paraban de llorar; los actores se pararon, ensangrentados, e hicieron una gentil reverencia; el profesor de Educación Física, el director de la obra, se paró emocionado; los perros se abalanzaron para comerse la sangre y las tripas arrojadas al suelo;  nosotros también nos paramos a aplaudir y acompañar la ovación a más de 4000 metros de altura. Aplaudimos por el valor que se tiene de expresar lo que se siente en los códigos, en los recuerdos y en los formatos que cada una de nuestras realidades nos regala y nos permite. Donde se ha sufrido tanto, hasta el amor más maternal se agradece con dolor.

Cuando volvemos a Lima, visitamos a nuestras madres y sus sopas de fideos. ¿Será que estamos todavía tan divididos que eso de “madre hay una sola” es negar con necedad que en nuestro país la maternidad se vive y se sufre desde perspectivas cuadricularmente distintas. Feliz día, mamáS.

Activando y desactivando choledad Parte 2: aplausos y claxones

chuto Mayo 3rd, 2008

ON = Prendido, activado

Porque lo prometido es deuda, más modalidades en versión “todos los derechos reservados” que el peruano utiliza (in)conscientemente para activar su choledad en los espacios sociales de su diario vivir (repasa las Modalidades 1 y 2, aquí):

Modalidad CHOLO ON 3: “Mesa que más aplauda”

A continuación, una de las estrategias más patéticas del peruano por mantener despierto en un nivel suficiente su propia y agonizante simpatía frente a sus compañeros de conversación: aplaudirse cuando cuenta un chiste o cuando dice/escucha algo gracioso. Así, cuando el peruano cuenta un chiste “rojo”, revela el secreto mejor guardado de la adolescencia de su “pata” del alma en su primera vez o intenta burlarse de alguien inventando algún apelativo forzado, y percibe que su auditorio no considera su narración taaaaan graciosa, tiene la increíble capacidad de Cheetara de agilizar sus sentidos, anticipar la derrota que lo amenaza y vaticinar el silencio incómodo… entonces, intenta salvar su reputación y aplaude su misma gracia, ríe y aplaude en una mixtura hermosa de movimientos, sonidos guturales y palmaditas a sus oyentes, con lo cual asegura que al menos la gente sonría o, en el peor de los casos, también aplauda con él.

La modalidad es más común cuando el peruano adiciona al auto-aplauso megalómano un “quiiii buiiiina“, ayudadita que el contador del chiste se hace a sí mismo para dejar en claro que lo que acaba de contar, sí, es gracioso y, sí, deben reírse de con él cuanto antes. 

Pero claro, el cholo perucho debe ser gracioso para agradar a su auditorio, para explosionar su criollismo, para lograr que sea catalogado por conocidos y extraños como una persona “cague de risa“, es decir, alguien que ocasione tanta risa, pero tanta risa, que produzca una diarrea de emociones en su más alto nivel (¿no es increíble que nuestra simpatía sea evaluada a través del grado de relajación que causamos en los esfínteres de los demás?)

Modalidad CHOLO ON 4: “Manosear el claxon”

A pesar que las municipalidades han cubierto la ciudad de campañas contra la bienllamada “contaminación acústica” de cuanta bocina huachafa el peruano encuentra para hacer ruido sobre el asfalto, a pesar que se han recurrido a cuanto mimo y niño se pudo para abarrotar las esquinas con pedidos, súplicas y ruegos que invocan por el silencio en las calles, el peruano manosea el poder que se le fue conferido cerca a su timón y hace sonar el claxon para despertar a su ciudad.

El peruano fuerza a su auto -en una mala imitación de Kid, el auto fantástico- a hacerse notar también, a “decir” algo, a “gritar” un carajo en versión carrística a los demás bólidos. Así, en ese infinito afán de antropormofizar cuanta cosa existe, le da voz a su carro y utiliza el claxon como una extensión de su propio sentimiento de furia: toca el claxon (no la bocina, el claxon) para OYE TÚ decirle al mundo que él está pasando por esa calle y que OYE, IMBÉCIL yo voy a pasar primero que tú, deténte, y que OYE, SO PEDAZO DE… estoy apurado así que aprende a manejar y apreta el acelerador para que podamos (el carro y yo) pasar.

Uf, y tanto es así que el peruano humaniza a las cosas inertes, que hasta le toca el claxon activador de choledad al semáforo cuando se demora en cambiar a verde porque OYE, COSA AMARILLA COLGANTE, quiero pasar, te estás demorando a propósito, no seas lenteja y cambia ya.

El claxon es la voz del asfalto, sacia una necesidad innata del peruano por darnos a conocer, permite alivianar el pánico que sentimos ante el silencio, ante la indiferencia, ante la moderación, permite presentarse ante otros conductores sin decir “oye”, gritar sin gastar garganta, insultar sin decir “huevón”.

(Pronto, más modalidades ON y OFF de nuestra choledad…) 

El uno, el dos y el valde de agua

chuto Abril 30th, 2008

Foto tomada por la mamá del cholega Carlos en Pucallpa, Ucayali

Cuando aprendemos a contar de niños, no sólo utilizamos los dígitos para las matemáticas escolares o para el usual conteo de ovejas (que en nuestro país debieran ser cuyes saltadores) sino también para codificar nuestra intención de ir al baño. Y como todo tiene un precio en la vida, este baño público pucallpino, después de arduas investigaciones de mercado, focus group con los miccionadores más famosos de la localidad y entrevistas a profundidad con los doctores de cuanta posta médica encontraron a su paso, llegaron al siguiente tarifario:

a) UNO. A sólo 30 céntimos de sol, Ud. puede -si es varón- usar el baño para “achicarse” de lejitos o -si es dama- asentarse en su cubículo con la firme promesa por escrito de no sumar un Uno más al Uno prometido.

b) DOS. “Hacer el dos“, tatarabuelísticamente manera de entender nuestro apoltronamiento más sórdido y placentero en el baño. Dicho placer merece unos 20 céntimos de sol adicionales, y nada de quejas, por favor.

c) BAÑARSE (¿TRES?). Nuestras fuentes no pudieron averiguar las verdaderas fundamentaciones de esta paradoja, ya que nos suena increíble que abogar por la limpieza corporal y la descontaminación que implica el numerario DOS cuesten igual. Aquí hay gato encerrado.

d) VALDE DE AGUA. Estos 20 céntimos nos confunden más. Y si nos queremos bañar sólo con un balde de agua, ¿cuál sería la tarifa adecuada?

Como toda propuesta tarifaria a las que Sedapal, Luz del Sur y Telefónica nos tienen acostumbrados, toda cobranza peruana termina siendo un complejo universo de sinsabores. Exigimos que, de inmediato, se pronuncie en defensa del consumidor una instancia tipo OSINERG u OSIPTEL (¿OSIMICC?) y resuelva nuestras dudas al respecto del uno, el dos y el valde de agua. 

Cómo ser un personaje-bandera en el Perú 8: Iris, la nueva Pelangocha

chuto Abril 29th, 2008

http://www.youtube.com/watch?v=BlxZHJeGm7w


 

Daniela Romo y sus siempre cavernícolizadas maneras de ver a las mujeres le cantaba en los 80s al sufrimiento de una “pobre secretaria“ que se esmeraba y se esmeraba por atenderle el dictado y copiar mil veces “yo te amo” al jefecito. No queremos culpar sólo a la pelambrada señorita Romo porque antes ya Mocedades había hecho lo suyo con el papel de la secretaria sometida y enamoradiza, y entre ambas lograron ahondar en el imaginario latinoamericano por convertir el Día de la Secretaria en una celebración peculiar, exótica y hormonal de esas señoritas que ocupa(ba)n la mano derecha de los jefes.

Felizmente, este personaje-bandera de nuestra choledad fue evolucionando, inspirada quizás por ese entrañable personaje de la serie mexicana “Mi Secretaria” llamada La Pelangocha, aquella que frente al jefecito y sus varones compañeros no temblaba cuando tenía que defender sus derechos y los de sus compañeras. Iris, la nueva secre (así como Dina Paúcar es la autodenominada “nueva peruana”) es una versión acholada de La Pelangocha, que combate eternamente los estereotipos machistas de la sociedad y que este 28 26 de abril cumplió honrosamente su aniversario. Aquí, algunas evoluciones características de nuestra nueva secre (¡no la confundan!):

1. Antes, “secretaria ejecutiva”; ahora, “asistente administrativa”.

Iris ya no permite que la llamen “secretaria”: los jefes creyeron que refrescando la titulación laboral que las etiquetó durante décadas le estarían dando un reconocimiento imaginario al gremio, aun cuando con absoluta mezquindad, las siguen tratando como a Daniela Romo, es decir, con la punta del zapato. Pero, que no cunda el pánico, Iris, gracias al ejemplo de mujeres audaces tipo María Rostowroski, ya no permite que esa “historia” se repita: ahora es ella la que escribe las cartas, la que le dice qué decir en las reuniones, qué letras chiquitas leer en los documentos antes de firmarlos y la que prepara toda la exposición y el reporte mensual que el jefe flojísticamente (o ineptamente) sólo traslada a sus superiores; o sea, la secretaria es él.

2. Antes, o señorita bonita o señora regañona; ahora, o señorita regañona o… señorita regañona.

En los ochentas, o era la despampante mujer en mini falda que hacía sonar su máquina de escribir, o era la inefable señora ochentera de menopausias y malhumores miles que se negaba a agilizar nuestro trámite. Ahora, Iris la secre sabe quién es, se anticipa al abuso, se cansa de los caprichos, se impacienta frente a la torpeza. Es malhumorada y quisquillosa porque ostenta un poder inimaginable, porque sabe que en su rol bisagra es ella la que puede desbaratar o favorecer el clima institucional de tu empresa, y aunque sea desagraciada como Betty La Fea lo demostró, igual se hace linda con la cuota que le regala su poder. Trátala bonito o pronto será ella misma la que le alcance la carta de despido a tu jefe de turno.

3. Antes, Día de la Secretaria = Flores, bombones y hostal; ahora, Día de la Secretaria = Aumento de sueldo, vacaciones, bonificación y utilidades

Esa leyenda urbana (que es totalmente cierta, en verdad) que dice que los hostales se llenan más en el Día de la Secretaria que en San Valentín es puesta ahora en duda cuando Iris sabe negociar mejor su posición en la empresa, consejito que habrá escuchado de la doctora cachetada. Y en buena hora, claro. Ahora, si además del bono les gusta el jefe, entonces ahí sí es peor, porque ellas no se dejan seducir como antaño, sino que piden cena, baile con Joselito, juegan con los sentimientos, lo arropan cual bebé, se fuman un cigarro luego, y en menos de tres meses, se quedan con la mitad de las acciones, los hijos y la casa en la playa.

Iris, la nueva Pelangocha, es la trabajadora más empoderada de la última década, más que la mujer-policía, más que la periodista de opinión política o la conductora de talkshow violentista, más que la abogada del pueblo con aires de psicoanalista (a lo Sala de Parejas), más que la microempresaria de Gamarra (porque ella se apoya en una secretaria también), porque a diferencia de sus colegas femeninas, ella no ha necesitado reivindicarse públicamente para incrementar su poder frente al varón, sino que ha sabido inocularse nuevos bríos de la forma más estratégica y callada posible, ocupando los mismos puestos, vistiendo las mismas ropas, aguantando los mismos estigmas, y regalándose poder desde el corazón mismo del sistema que pretende minimizarla. 

Parafraseando el fatal ”detrás de todo gran hombre, hay una gran mujer“, el himno de Iris es “detrás de toda Pelangocha, hay un varón jugando a ser El Jefecito“.

*  Peculiares maneras de “ver” a las Pelangochas en nuestro país: ASEGEL (nótese que la secretaria del portal es recontra gringa), Secretaria Eficaz (ídem), Instituto SISE (bis). Feliz día del Trabajo, Pelangochas y Pelangochos.

* Pronto: Nicks del Messenger clásicos de toda secretaria romántica

Pachacamac y el horror al vacío: una hipótesis sobre nuestra obsesión por el arroz

chuto Abril 27th, 2008

“Alfredo, más arroz”.

En esa frase, se consolidaba hace años nuestro espíritu arrocero ante la opinión pública. Así, comerciales como el Arroz Costeño graneadito o el Sazonarroz, fueron conduciéndonos por esa re-archi-conocida obsesión del peruano por acompañar todo con este compañero, donde las comidas mismas vienen con “su” arroz (como si el arroz les perteneciera a ellas, no a los comensales): lomo saltado con su arrocito, papita rellena con su porción de arroz más, el arroz con pollo (que no es igual a decir pollo con arroz) o, en nuestro postres, hasta el arroz con leche, muestras miles de que estamos hechos de arroz y gracias a lo cual este honorífico alimento trascendió el vulgar puesto de guarnición al que lo condenó la historia extranjera para convertirse en el galán de la novela culinaria.

¿Quién no ha vivido la eterna escena de llegar a casa y probar el arroz solo de frente de la olla?, cochina costumbre que nos incrimina gozosamente. Por eso, terrible fue ver negada nuestra choledad con el alienado spot televisivo de Mayonesa Hellmans donde un pelirrojo se negaba a comer arroz solo a menos que sea con una enorme y colesteroleada cucharada de mayonesa. Mejor, olvidemos esa afrenta a nuestra patria.

Ahora bien, este fetichismo que el perucho tiene con el arroz debía tener una explicación más interesante que lo evidente, así que Choledad Privada decidió buscarla en nuestros antepasados. Tal como lo hizo la momia Juanita con el “Para llevar”,  esta vez decidimos recurrir a los Nazcas, seguros de que en su sabiduría, tendrían una respuesta a este enigma. Nos sentamos en el tablero del Ouija-cholo (ese que hace desvariar a las escolares en Ucayali) y nos comunicamos vía enlace microondas con los Nazcas. Maria Reiche nos recibe como interlocutora, le susurra un “ich liebe dich” al oído y nos deriva con el miembro mas representativo de este pueblo, el dios-felino moteado famoso de los huacos nazcas, Pachacamac. Con extrema curiosidad le preguntamos por qué los peruanos vivimos obsesionados con el arroz y nos llevamos a la casa hasta el que lanzan en los matrimonios. El tablero tiembla. Pachacamac no sabe lo que es el arroz, y encima está ocupado, pero se hace un tiempo para contarnos que en su pueblo habían desarrollado la técnica del “horror al vacío” (que, en expresión latina es conocida como el HORROR VACUI) según la cual tuvieron una especial necesidad de pintar toda la superficie de sus ceramios sin dejar un sólo espacio en blanco. Pachacamac nos cuelga la comunicación y nos quedamos pensando.

Nuestro estómago en realidad es como un ceramio Nazca. Cada vez que comemos lo llenamos gentil y generosamente desde el píloro hasta el esófago con arroz para saciar así nuestro miedo al vacío. Con cada bocado de combate perucho nos preocupamos intensamente en no dejar ni un espacio libre dado que este cereal blanco es quien chambea en nuestro organismo para lograr que nos sintamos embotados, que recurramos al Pankreoflat con urgencia sonriente y nos libremos de uno de los miedos más climáticos del peruano: la sensación de no quedarnos llenos y de no “llenar el buche”; el arroz es el superhéroe silencioso que combate nuestro propio y personalísimo HORROR VACUI. ¿Qué vacíos son los que realmente llenamos entonces con esas torres exageradas de arroz en nuestros platos?, nos preguntamos. ¿Es acaso el arroz una cortina de humo que nos tapa la vista momentáneamente (el tiempo que dura la digestión) de nuestros vacíos más internos y milenarios?

Nos despertamos con el escandaloso anuncio sobre las restricciones a nivel mundial en la venta de arroz. Anuncia la periodista que esta situación podría afectar a nuestro país, dado que consumimos un promedio de 60 kg por cabeza al año de arroz, lo que podría hacer rugir a las más demandantes tripas peruchas. Por un momento, alucinamos de lo lindo. Nos imaginamos la histeria colectiva que causaría la ausencia del arroz, los tsunamis humanos en protesta en las calles, las bombas lacrimógenas y las huelgas nudistas exigiéndole a un Alfredo estatal imaginario literalmente “más arroz”. Imaginamos también, al estilo de King Kong o Godzilla, a Pachacamac en versión felino moteado, atacando la ciudad de Lima y trepado a una de las torres de Larcomar secuestrando a Florcita Polo con una de sus garras, exigiendo por su liberación que se eliminen esas restricciones calamitosas contra nuestro amigo, el arroz. 

Tranquilos, cholegas (tranquilo, Pachacamac), es un sueño solamente. Producimos más de millón y medio de toneladas de arroz al año, ninguna emergencia mundial nos puede detener. Busquen en la refri los rezagos de lentejitas o de frejoles de anoche y empújense un calentadito con arroz en versión tacu tacu en honor a Pachacamac y a esas cholas maneras que tenemos los peruanos de inventarnos “vacíos” ahí donde claramente tenemos “abundancias”.

Chorriwood

chuto Abril 25th, 2008

Foto (1) tomada en la Costa Verde, distrito de Chorrillos,
y Foto (2) del letrero de Hollywood cortesía de Scott Beale / Laughing Squid

Un rápido viaje por el circuito de playas y nuestra Costa ¿Verde? (de hecho más verde que el cerro gringo, ¿no?) en el distrito de Chorrillos nos deja maravillados. 

Nosotros que creíamos que esas majestuosas letras que adornan en forma ondulante los cerros de la ciudad de Hollywood y son ícono de la industria del entretenimiento más poderosa del mundo sólo estaban en los “yunaites” y en algunas ciudades europeas, y venir a enterarnos que el alcalde chorrillano ya la tenía así de clara, fue fascinante. No estamos tan lejos de esa realidad hollywoodense, ¡NO!… nuestra incomprendida choledad aloja una versión local de las mismas letras, no para representar la industria de Chollywood, eso sí, sino para recordarnos que esa pistita nueva que nuestro carro pisa y esa esquinita verde que llega a crecer mirando nuestras aguas celestes es de Chorrillos, la Chorrywood de Lima. 

 *Aclaración: Toda semejanza con las letras de Los Angeles es pura y divertida coincidencia. 

Activando y desactivando choledad Parte 1: brindis y despedidas

chuto Abril 24th, 2008

On = Prendido, activado
(una parte del mundo ya está en inglés, complétala en Choledad Privada)

¿De qué formas y a través de qué manías los peruanos activamos nuestra placentera y hermosa choledad cuando la vemos apagada, aburrida, en picada? Vayamos a los espacios más simples de nuestra interacción donde el peruano sabe cómo hacer vibrar esa cíclica manera de exudar choledad. Aquí presentamos dos primeras modalidades que Choledad Privada quiere compartir sobre el ON CHOLO:

Modalidad CHOLO ON 1 = ”Incitar al Salud”

Aunque hay varias hipótesis del origen del famoso “Salud” cuando se liba, todas coinciden en que 1) se trataba de una estrategia para apaciguar la desconfianza ya que los reyes brindaban a la salud del otro chocando sus copas para que se intercambiaran líquidos y cualquier intento de envenenamiento quedara frustrado y 2) se trataba de un deseo ferviente de apelar a la salud por los favores conocidos que se sabían del vino después de las cenas romanas y europeas. Curiosas estas dos hipótesis aterrizadas en el caso del Perú donde somos una sociedad por esencia desconfiada y donde no precisamente se toma en honor a la salud que se nos desea sino en honor a la resaca (sino consíganse un Ron Bacardí, un Punto G o esos sobrecitos de Pisco Sour en polvo para que vean que al día siguiente lo último que tendrán es… SALUD).

Así, en medio de una conversación que de pronto se apaga, cuando los ánimos se bajonenan, los chistes “rojos” se acaban y se empieza a hablar del clima o de Alan, surge la estrategia más glorificadora del peruano de salvar el momento: alguien grita “Un SALUD pues” (con una mueca además clásica donde hace notar que está entrando en peligro de extinción la felicidad), y ON, todos se activan, se animan, bailan, ríen, como si el choque de vasos sirviera de pilas Rayovac o Duracell y fuéramos como el conejito de la propaganda, listos para seguir con la juerga una buena media hora más. Ese SALUD inoculado con precisión permite gritar a los 4 vientos que la estamos pasando bien y cual alarma despertador, esa arenga a lo Mel Gibson no nos permite olvidar que seguimos en la juerga y que somos sujetos activos de esta comunidad.

Es costumbre más arraigada en provincia (aunque en Lima también la ejercemos), el ritual de pasar la botella de cerveza y un único vaso para el grupo de 15 y activar el pase del líquido elemento de manera más rápida con ese gentil pero enfurecido “Salud” que te regaña el haberte demorado tanto con el vaso en esa eterna broma de “¿estás calentando la chela o qué?”

Modalidad CHOLO ON 2 = “Decir chau 16 veces en una misma noche”

¿Cuántas veces nos despedimos los peruanos? Como buen especimen afectivo y aferrador, le cuesta reconocer que, cual canción de Héctor Lavoe, “todo tiene su final” e intenta alargar su despedida con la siguiente estrategia:

Estás en una reunión en casa de los amigos, de pronto aparentas sorpresa cuando preguntas la hora ”Aaaaala, ¿tan tarde?” y empieza la despedida en versión “la Historia sin Fin”. Dices “Chau” pero te acuerdas que debías preguntar un par de cosas más, luego vuelves a decir “Chau, cuídate“, y en mitad del beso o de abrazo, surge una broma colegial, una noticia sorpresiva o una nostalgia impronta de dejar el lugar de la juerga, así que te ríes otra vez y vuelves a despedirte “Chau, chau“. Te subes al carro, bajas la luna apresuradamente y gritas la despedida pero con “chapa” o chiste incluido: “¡Chau, cabezón!” (ah, sí, porque cuánto más cerca del final se está, más libre se siente uno de decir las pachotadas que uno quiere, y porque siempre en todo grupo hay un “cabezón”).

Cual procesión, pareciera que nuestro paso por el umbral de la despedida, no fuera otra cosa que una artimaña perucha por hacer notar la partida, por dejar la huella urinaria necesaria antes de abandonar el lugar, por rechazar neciamente toda posibilidad de la no-figuración, artimaña que nos permite dejar activa nuestra presencia hasta en el último segundo de nuestro espacio social. Cuando ya estamos solos, nos cae el cansancio encima, el malhumor y las preocupaciones domésticas y laborales, nuestra choledad social se termina de apagar y no hay “salud” ni “chau” que pueda salvarla.

 (Pronto, más modalidades ON y OFF de la choledad. Continuará…)

Lo que Nextel y los altavoces nos hicieron

chuto Abril 23rd, 2008

Ya Ricardo Palma relataba como los vendedores ambulantes de la Lima antigua ofertaban sus productos al son de un buen “Tamaleeeeeeeees” ó “Revolución Calienteeeeeeee“, herencia que en los genes llevan nuestros eufóricos cobradores de combi. Lo cierto es que, desde niños nos empujan a incrementar sustancialmente los decibeles de nuestra voz. ¿Quién no ha oído alguna vez ese famoso “¡Oe ya callate, gritas como callejonero!”? Sin embargo, todavía no se había despertado tanto ese letal virus del hablar desbocadamente en cuanta vía pública nos saliera en frente como cuando llegó la telefonía celular, y más aún, cuando llegó el maldito “a un sólo botón” de Nextel.  

Nextel, sus infames “alertas” y el popular altavoz (megáfono moderno en forma de teléfono) nos jodieron la vida pacífica en la que estábamos, despertaron el monstruo de nuestro peor exhibicionismo telefónico. Gracias a Nextel el acaso tímido ser que vivía amordazado dentro de uno por fin logró hablar, y de paso, le dio a la comunicación esa dosis de poder que inmediatamente te ascienda, te ego-vigoriza y te suspende en el podio de la fama social. Los cantantes chicheros lo usan para salir en las fotos del Trome como eternos empresarios del showbiz, alardeando de tener ofertas miles de contratos en el extranjero. Los futboleros rojiblancos lo usan saliendo del entrenamiento cuando la gente de El Bocón les toma la foto como para decir que el ser pelotero le ha dado tribuna social. Los Dieguito el socialito usan su alerteo para mostrar a todos su capacidad de coordinación y entrega de pases, pulseras y sellos del tono de turno; los Ernestitos Dockers lo usan esperando fuera de su Peugeot a que su flaca salga y aprovechan ahí para hablar con su pata de toda la vida de frivolidad y media, o de algún asunto laboral pendiente. Es más, en una suerte de nueva emulación del “10-4, 10-4″ de los Guachimarios y los Serenos de los municipios con sus walkietalkies.  

Nextel es, sin duda, la versión aceptada del walkie talkie de Guachimario. Ese en el que hace algunos años decir “te copio” o “adelante” era seguido de un fulminante choleo pero que ahora hace eco en las bocas mas exigentes de la lengua culta (que tienen Nextel, obviamente). Sin embargo, el tema central se ubica en la manía de poner en altavoz la conversación en el celular con nuestro teléfonos de Claro o Telefónica, mismos que nos regalaron poder, inimaginable poder que ahora se nos desborda, degenera y amontona sin control ¿Lugares favoritos de la gente para hablar en altavoz? Fácil:

i) la cola del supermercado; como no tienen nada mejor que hacer, apretan el susodicho botón mientras pasan sus víveres de la canasta familiar, casi siempre alardeando o con el amigo “¡Tío, te he comprado un whiskicito de ley!“, con la novia “Gorda, pechugas light me pediste, ¿no?” o en el caso de las chicas, con sus amigas “¡Noooooooo te lo pueeddddo creeeer!” mientras la mitad de Wong se entera de la vida amorosa de una tal Xime.

ii) al inicio de la película de cine; 5 segundos antes de iniciar, cuando el león de la MGM está rugiendo con furor en la pantalla anunciando el comienzo de la historia, SIEMPRE escucharemos a alguien al teléfono diciendo “¿Alo? No, no, no estoy ocupado, estoy en el cine viendo una pela“.

iii) en la puerta de tu jato a las 3 de la mañana; siempre hay un desdichado ser que regresando del tono del fin de semana, se para en mitad de la pista a cuadrar su carro en la cochera y celebra entre borracheras un ping pong telefónico repleto de “ajos” “erdas” y “ares” que tergiversan nuestro dulce sueño;

y el peor de todos… iv) mientras manejan; dentro de los hábitos más sórdidos y sádicos del perucho está el creer que el Bluetooth o el Hands Free sólo debe usarse mientras se camina por Miraflores, porque cuando se está frente al volante, el caché te lo da agarrar el timón con dos dedos y con los otros tres, sostener el walkie talkie ficho, sin importar que eso haga ir al chofer a 30 km por hora mientras te mira cachaciento por el espejo retrovisor.   

El peruano tiene ahora un mecanismo perfecto para hacerse notar frente a la sociedad. Pedíamos  espacio para nuestra voz, para nuestra libertad de expresión y llegó Nextel, cual Chapulín Colorado, en nuestro rescate. La globalización pegó en este país, y de paso, a manos de los altavocez trastocó esa delgada línea roja entre mi libertad personal y los espacios públicos que merecen más respeto.  

* Una experiencia con el altavoz en Saigón, aquí.

Alan ES el Perú

chuto Abril 21st, 2008

En las ultimas semanas hemos sido testigos de un tema político de particular interés y relevancia para nuestra choledad: la reciente promulgación (con parches colocados a última hora y “por debajo de la mesa”) de la Ley Orgánica del Poder Ejecutivo (LOPE). No nos hagamos “bolas”, la idea de una ley así es definir qué hace, cómo se organiza, hasta dónde van sus funciones y quiénes conforman el glorioso ente ejecutivo de nuestro Estado, sí, esa alucinación institucional que encabeza nuestro ego-robusto presidente Alan García Pérez y la “patota” aprista de los dos cañones.

Dijimos con parches de última hora porque misteriosamente se introdujo un párrafo a “última hora” cambiando un aspecto sustancial de la norma que beneficiaba al partido de quien-ustedes-ya-saben. El tema “ya fue”, como suele ocurrir en nuestra choledad, con un “ampay” por aquí y una corrección igual de malsana y fugaz por allá (más información de la blogósfera). Más bien, desde nuestro estilo, nos llama la atención otro aspecto adicional y más sugerente. 

Nos referimos al bizarro, pintoresco y estrafalario primer artículo de esta magna norma que dicta a la letra: “El Presidente de la República es el Jefe del Estado y Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas y Policiales. Personifica a la Nación” reproduciendo el artículo 110 de nuestra Constitución Política (”El Presidente de la República es el Jefe del Estado y personifica a la Nación“). Un cosquilleo extraño recorre nuestros perturbado cerebro cholo y nos cuestionamos con total ingenuidad, ¿cómo una persona puede personificar a una nación?, ¿eso significa que quien gane más votos en la elección presidencial no representa solamente sino que ES el Perú?; es decir, para nuestra extraña-mala-fatalista suerte, si el Perú fuera una persona de los 26 millones que lo habitamos, ¿esa persona sería Alan? ¿Cuando lleguemos tarde a la formación escolar y no cantemos el himno, o cuando nos olvidemos la escarapela o no querramos ir al corso desfile de 28 de julio, no estaremos faltándole el respeto al país sino a Alan? 

De pronto, nuestra mente dibuja un mapa imaginario del Perú donde la gran cara de Alan García aparece selvática por Iquitos, donde su tetéico pecho se dibuja a lo largo de Ancash, Huánuco y Ucayali, su ombligo en Junín y sus piernas hacia Arequipa y el Titicaca respectiva y ajustadamente. ¿Probablemente una herencia de nuestros antepasados monárquicos donde el Rey era designado por Dios? Es pura coincidencia con el egecentrismo de Alan, no seamos neuróticos, debe ser igual en otros países, pensamos. Sin embargo, en Choledad somos “cholos tercos” como nos enseñó Toledo, nos conectamos a Internet y un par de googleos nos arroja el siguiente resultado: nuestra Constitución tiene un ventajoso copyright en cuanto a personificaciones se refiere. Así es, nuestros países vecinos, esos que limitan con la cara de Alan, con sus brazos y sus piernas, no hablan de personificar nada (Chile, Colombia, Ecuador, Venezuela).  

En efecto, desde la campaña electoral nuestro actual Presidente ya anunciaba esa personificación. Cuando cantaba inocentemente con el zambo Cavero ”Y yo también me llamo Perú“, ¿lo hacía con su segunda amparado en la Constitución ya que en ella, él efectivamente se llama Perú? El afiche que mostramos a continuación indica sus reales intenciones con claridad  ”ALAN PERU”.

¿Coincidencia? Nuevamente, queremos pensar que sí pero el agudo ojo crítico de nuestra cholósfera nos vuelve a gritar en el cerebro parafraseando al General con su ”No te trates no, no te trates de engañar“. Revisamos una nota interesante a cargo de “Apuntes Peruanos” titulada “¿Para que tenemos un Estado si Alan lo resuelve todo?” donde se reflexiona acerca de la estrategia alancista de ligar el Estado con él mismo, con su aparición en las comunidades, con sus ofertas de nuevas carreteras y apertura de nuevos programas asistencialistas. Donde sea que Alan pise, es como si el mismo país lo hubiera pisado. ¿Para qué existen las instituciones entonces si tenemos a Alan? ¿Para qué Hobbes se rayó la cabeza pensando en el Leviatán si años después aparecería en un país sudamericano un Leviatán cholo de carne y hueso?

¿Es posible que esta frase torpemente ubicada en nuestra Constitución y ahora en la LOPE nos esté gritando con fuerza cómo somos y cómo vivimos la política en el Perú? Quizás sí, quizás hemos construido un choli-sistema políitico tan personalista y tan débilmente partidario, donde por lo general, UNA persona es EL sistema y ES el salvador, que profesamos una secuela mal hecha de Luis XIV y su emblema de “El Estado soy yo“. Cuando postula Lourdes, Humala, la Villarán, no postulan sus partidos (¿hay partidos en nuestro país?) sino ellos mismos (con sus pecados, sus historias, sus metidas de pata), nosotros votamos por las personas y no por las ideas que respaldan, y con ello hemos promovido la figura del tránsfuga, ese personaje bandera que no representa a nadie y por ello no tiene compromiso con nadie sino con él mismo. Nosotros, cholegas, hemos puesto esa frase en la LOPE, nosotros hemos personificado a nuestro Estado en esas cómicas figuras de la política nacional.

No nos queda otra que acordarnos de Valdelomar otra vez y parafrasear con miedo su reflexión de ”El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert, soy yo“. Alan bien podría escribir en su epitafio lo siguiente: ”El Congreso es Gonzales Posada, Gonzales Posada es un ex Meche Cabanillas, Meche Cabanillas es “yunta” de Del Castillo, Del Castillo es el Ejecutivo centralista, el Ejecutivo centralista es el Perú y el Perú soy yo”.

La involución del transporte público cholo

chuto Abril 18th, 2008

Foto tomada por los cholegas Aisa y Diego en Chunyacc, Ayacucho a bus de Cruz del Sur que -tal como dijo la prensa local- se “despistó” y  se “recostó” en la cuneta (ver nota)

Primero, fueron las combis asesinas que en manos de los triunviratos chofer-cobrador-apuntador iniciaron la reproducción de un caos vehicular que ahora se ha tatuado en nuestra identidad ciudadana. Si la banda de Los Destructores hiciera negocio transportista, de hecho tendrían su línea de combis.

Luego, surgieron del asfalto los avezados Ticos que volaban como papelito por cuanto precipicio, cerro y curva cerrada existía en el país. Los Ticos en su caracterización de pequeños, aventados y atrevidos fueron los símbolos cacharreros de la personificación del chato criollo, pero en versión automotora. O sea, si el chato Barraza fuera carro, sería un Tico (sin Elevate Shoes, claro).  

Después, los buses camión aparecieron como malas imitaciones de Transformers cholos, mitológicos seres rodantes que terminaban de cuando en cuando boca arriba (¿los buses tienen boca?) en los abismos y cañones de nuestra hermosa cordillera andina. Ni el Operativo Tolerancia 0 pudo aminorar los efectos mortuorios de estos bólidos de sexualidad dudosa. Ya, o sea, si Ernesto Pimentel fuera bus, ya saben qué tipo sería.  

Ahora, la nueva pesadilla interprovincial es el fenómeno de los “buses flojos”, artefactos como este Cruz del Sur que a mitad del camino, sin previo aviso y con la única intención de llamar la atención de la prensa, se “despistan y recuestan” a descansar a vista y paciencia de sus pasajeros. O sea, si nuestros congresistas otorongos flojos, dormilones y faranduleros tuvieran llantas, saldrían en este fotochol.

Una “cana” al aire: Sexo en Santa Mónica

chuto Abril 17th, 2008

Imaginen esta fila de visitantes a la cárcel de Santa Mónica repleta de muchachos perfumados, afeitados, con calzoncillos nuevecitos y bien bañados a primera hora de la mañana. ¿Qué buscarían estos casanovas dentro de esas paredes? Bueno pues, Reporte Semanal nos sorprende con una noticia sexualmente explosiva (una versión nueva del reportaje del 2006): el INPE permite que mensualmente algunas reclusas tengan sexo en un cuarto privado con el fin certero, humanitario y desfogador de “aliviar el estrés que les significa estar encerradas“.

Vivir una vida de represiones y soledades desempodera y anula la autoestima de estas mujeres y la que en sus cuerpos se reflejaba (Ver algunos ejemplos de historias). Es ahí donde unas horas de sexo y un toqueteo de pieles entran a ayudar. Aplaudimos la iniciativa que salvaguarda la salud emocional y sexual de estas mujeres pero lamentamos los ángulos desde donde nuestra prensa, el Estado y nosotros mismos quizás enfocamos la libertad sexual que se pregona.

Desde Choledad Privada y con la ayudadita de una imaginaria y veddetesca porrista burrier satisfecha con el servicio brindado, le mandamos estas olas de aliento al INPE por esos aciertos y contradicciones que tacu-taquísticamente saben combinar:

“¡Pásame la I!” de Innecesario
Innecesario titular la medida EL ADONISTERIO. 

Siendo Adonis el personaje de la mitología griega emblema de la belleza masculina, nos cuestionamos por qué diablos tenían que ponerle un nombre tan virilento a un espacio de satisfacción tan femenino. Decir que esto se trata de un Adonis cholo que viene a dar placer es casi negar el hecho de que estas mujeres no sólo se postran a recibir el placer del macho que ocupa sus cuerpos sino que son ellas las que se permiten dar y recibir placer. ¿Será que el sexo peruano siempre será un placer que DA la mujer al varón, y una faena que se sobreeentiende como una chamba que se ejecuta DESDE el hombre PARA y EN la mujer? En el colmo de los machismos de antaño, una medida dirigida a favorecer a la mujer termina utilizándola como objeto del placer que busca.

“¡Pásame la N!” de Ninfomaníaco  
Ninfomaníaco pensar que serán 2 HORAS DE PLACER  

Camas de dos plazas, agua y música en cada una de las 32 habitaciones, garantiza un encuentro placentero que sólo dura dos horas, pero que vale su peso en oro por la privacidad con la que cuentan las parejas“. Ya pues, no se pasen. Imaginar que el varón consciente llevará su CD del Grupo 5 o del perreo chacalonero, su incienso olor a almendra y que durará en el ring de las carnes dos horas efectivas de jornada laboral es iluso. El promedio de contienda perucha es de 15 minutos y de ahí vienen los cigarritos, el malhumor y los ronquidos. ¿Qué se pretende que hagan el resto de hora y media que les falta? O sea que en realidad el servicio que pretenden dar no es sólo sexo sino de recreación de una vida doméstica resumida en sexo, risas y sus respectivas dosis de violencia, peleas, indiferencia y preocupaciones maritales.   

“¡Pásame la P!” de Provocativo  
Provocativo ritual el que ejercen las reas ANTES DE…  

Según presenta el reportaje, es un ritual de infinito desahogo el de las presas que pintan sus labios a lo Susy Díaz, se escotean y su apretan las cinturas escondidas, y se afanan por sentirse sexualmente mujeres por esas dos horas de encuentro amoroso, para luego del finiquitado desencuentro de cuerpos, regresen a la rutina asexuada, codificada y deshumanizada de los laberintos de corrupción, violación y abuso carcelarios.   

¡Pásame la E!” de Eclesiástico
Eclesiástico tufillo en exigencia de CERTIFICADOS DE MATRIMONIO   

Según el reportaje, pocas son las internas que realmente pueden participar de estos encuentros, ya que sólo pueden quienes certifiquen que son casadas o convivientes. A ver, aguanten el carro, ¿no qué el objetivo era que las carcelarias desfoguen su estrés? ¿Qué tiene que ver si prefieren desfogarlo con su marido, su marinovio, su primo lejano, su vecino desinteresado o el panadero guapo del barrio? La evidente intervención católica en una política de Estado ata con conservadurismo a ultranza una medida que debía favorecer la libertad sexual, no los protocolos formalistas de la vida conyugal. Convertida en una cucufatería sexual de la República, las buenas ideas mueren en las peores burocracias.  

¿Qué dice nuestra barra? ¡INPE! (más fuerte), ¡INPE! (que se escuche hasta El Frontón), ¡INPE! Sí, barras y hurras para aquellos que en estos tiempos de progreso supieron meter la pata con esta peculiar faceta de nuestra choledad que nos pinta de cuerpo entero aún en las buenas intenciones.   

Cómo ser un personaje bandera 7: Lucho el tío perucho

chuto Abril 16th, 2008

Su nombre es Luis pero desde que vivía en Pueblo Libre, Lince o Breña, la gente del parque le decía ”Lucho”.

Bueno pues, Lucho el tío Perucho es un digno ex representante de la clase media limeña. Decimos “ex” porque ya no lo es más, logró ascender rápidamente por la escalera económica llegando, cual producto Sapolio, “donde otros no llegan“. Y como todo buen peruano que sufre la embriaguez del éxito inesperado, vive aprisionado entre un pasado al cual extraña pero que no quiere darle a sus hijos porque ellos se merecen algo mejor. Ya establecido y con las canas y “cancha” que le dan sus bien ganados 55 años, encarna ese calificativo muy utilizado en nuestro medio del tipo “campechano”. Lo peor de todo es que Él ha hecho de todo: conocido todos los distritos, jugado todos los pasatiempos callejeros, oído toda la música y probado todo bocado peruano existente.  

¿Tu papá es un Lucho, el tío Perucho? Contesta las siguientes preguntas y reconoce esa faceta perucha que no habías admirado lo suficiente:  

1. “Chico de mi barrio”. Lucho TIENE que dejar claro que puede bajar al llano cuando quiere. Cada vez que se dirige a algún limpiador de carros o vendedor ambulante (sobre todo cuando está su hijo acompañándolo porque ojo!, Lucho el tío perucho siempre es padre) le suelta un buen “Maestrito“ entonando la voz en un fallido intento de imitación como para mostrarle que maneja el mismo código. Lleva a sus hijos a La Victoria para que aprendan a hablar con los mecánicos, manejen la “jeringa” y se engrasen las manos como un buen macho. Cuando su palacete urbano en Chacarilla se encontraba en plena construcción solía comprarles ”joncas” de chela a los obreros y chupaba con ellos.  

2. El rey de la ciudad de la furia. Lucho le cuenta a sus hijos, cual versión chola de “Mowgli” en el Libro de la Selva, sobre su gran capacidad de adaptación en la jungla perucha. Lucho fumó, se embriagó y se inició sexualmente a muy temprana edad (menos de 14 años) y siempre en un prostíbulo. Una invencible virilidad sicalípitca es el tema recurrente cuando empieza con sus eternas historias de ”a tu edad, yo andaba con cuatro a la vez; tú me has salido bien tranquilo. Ah, pero tu mamá me puso en vereda, claro“.  

3. Pelotero de corazón. Dice ser hincha de Alianza Lima y conocer Matute como la palma de su mano cuando sólo ha ido una vez. Sin embargo, cada vez que puede, intenta demostrar que es “del pueblo”, que se escapaba del colegio militar como buen “pendejo de los 70s” y que iba a la lozas del barrio para la pichanga de ley. Se compra las vinchas de “a sol” que venden en las afueras del estadio y los gorros más ridículos que puede encontrar para dejar claro que tiene personalidad de pelotero jubilado.   

4. Amigo de Avilés. Dice que su música favorita es la criolla y cual Alberto Andrade sale tarareando cada nota musical que puede en los videos familiares poniendo cara de artificial y Ciruelax sufrimiento mirando al cielo gris, agitando y llevando el ritmo con el dedo índice (cual bolita roja de karaoke mostrando la letra de la canción en la pantalla).   

5. Su estómago es una aventura culinaria. Más de un domingo ha llevado a sus hijos a pasear a lugares que les muestren el “verdadero Perú”. Es capaz de frenar su Volvo en una esquina y servirse un buen y calentito emoliente, forzando a su hijo a que lo pruebe y logrando con ello marcarlo con una huella indeleble de perucha choledad. Come dulces de antaño en carretilla, maní dulce de las esquinas, gelatina embolsadita, marciano en tecnopor, pacae en los paraderos del bus interprovincial, pan con salchicha huachana en el puestecito de Las Viñas, todo con el único fin de regresar a casa gritando a los cuatro vientos que su estómago es peruanamente invencible. Claro, luego está sufriendo y quejándose del colesterol con el Dr. Mispireta.

Lucho es un personaje castigado por su propio éxito, culposo como Hulk cuando lentamente vuelve a tomar la forma de Bruce Banner por haber superado la clase media, y encuentra en esas prácticas exageradamente visibles de criollismo un pretexto perfecto para purgar la penitencia que le permita encontrarse con esa añorada choledad. Es casi como si viviera con una eterno remordimiento de haber ascendido socialmente, casi como si crecer y alejarse del barrio popular de su niñez fuera como una traición a la patria, como si en su mente no existiera la manera de vivir una choledad íntegra y plena desde la riqueza y el progreso. Nosotro nos preguntamos, ¿acaso la hay?

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