En Francia, está la famosa playa Montalivet, donde los varones no dudan en mostrarse naturalmente al mundo y haciendo gala del típico paradigma con el que se vincula a todo francés, sin un baño ni una acicalada previa a la desvestida. O en Jamaica, en Ocho Ríos donde los morenajes regalan a las féminas generosas, atractivos turísticos que aseguran la reproducción las próximas tres décadas (al menos). En un artículo reciente en El País, relatan como en la Playa d’en Bossa, Ibiza el comportamiento sexual del varón se reconoce por el “arte del develo”, mediante el cual bien podría un español vestir con un polo y olvidarse del calzoncillo así porque sí.
No tengo que explicar lo que pasa en Brasil porque ATV y su fiebre de novelas tiene ya acantonado en nuestro subconsciente que sí, pues, los brasileros y las brasileras lo pasan bien, tienen playas, humor y nada de pudor.
Los peruanos somos creativos y no podemos quedarnos atrás. Preste atención a lo que pasamos a describir en los párrafos siguientes: la siniestra costumbre y técnica peruana del “enarenamiento”. No diga usted que no la conoce, porque si es varón, alguna vez tuvo 15 años y fue con su mancha al litoral, es muy, pero muy probable que la haya practicado. Y es que una costumbre folclórica de nuestro macho peruano es este ritual, que es visible desde Aguadulce, El Silencio, Punta Hermosa, Santa María, Puerto Viejo hasta la mismísima Asia y sus noventaitantos kilómetros.
El cuento es así: el macho peruano no lleva toalla a la playa (léase “tualla”). ¿Toalla, para qué, si uno se seca al sol? El verdadero macho no puede estar por ahí secándose, ni aparentando buscar limpieza, no. Fácilmente, sería tachado y un macho peruano sin amigos, no es peruano. Si lleva a su hijito/a con sus utensilios de obrero infantil (pala, balde, etc.), lo insta inmediatamente a que haga un orificio en la zona húmeda y se embadurne de arena. El enarenamiento empieza ahí, en esa primera infancia, en nuestra primera ropa de baño con un bollito de arena entre las piernas, nuestro primer sanguchito de pollo o el huevito duro que lleva mamá con su poquito de arena más. Es ahí cuando comienza una práctica que repetiremos los próximos veranos de nuestra vida.
Volvamos al macho peruano adulto. Así, sin toalla, apenas llega a la playa siente que debe bañarse. No entrar cual paso de grulla, poco a poco, “soy friolento”, “está picado el mar”, nada. El macho peruano se arranca contra las olas, sin ningún esfuerzo estético, su objetivo es sólo llegar al agua y romper el mar con su cuerpo. Lo mas cercano a algún esfuerzo estético podrá ser alguna pirueta acrobática de semi-respeto al mar pero, ojo, siempre en la orilla (donde el mar tiene……..más arena).
Así, atesorando cada gota de agua salina, se tira a la arena -en un sensual juego de formas y movimientos-, intentando capturar toda la posible en su pecho, pelos, cejas y rincones más profundos. Cuanto más enarenado, más feliz podrá vérsele. Las chicas parecen no notarlo o alguna que otra más reflexiva lo atañará a un lejano deseo del varón de ser niño nuevamente. Es un ritual que cruza clases sociales, y en todo nuestro litoral veremos esas cabelleras claras, rubias, “rubias”, chutas, negras, enruladas o crespas llenas de arena, no hay escapatoria. Así los Rizo-Patrón y los Quispe cumplen con el sagrado ritual del “enarenamiento”, mismo que no respeta credo, raza o creencias políticas y se alza como ícono de nuestra más profunda choledad privada.
Pero no nos engañemos, no busquemos otra explicación que la evidente: el varón peruano está marcando su territorio, es como una gran micción simbólica veraniega que es realizada con el sano deseo de mostrar una exhuberante, descarada y sinvergüencera forma de sudar peruanidad. Impecable estilo que aún en este milenio permite que el peruano logre captar la atención de las féminas y consumar así el deseado apareamiento.
Es tan típico fenómeno el “enarenamiento” en el Perú, que incluso nos aventuramos a pensar que ha servido de inspiración para que nuestros primeros gastrónomos peruchos desarrollen y pulan la técnica culinaria del “apanado” (traída de Europa) que no es otra cosa que cubrir de pan rallado la carne antes de freirla. De la misma forma, nuestros machos peruanos cubren, de manera muy sensual, sus carnes con arena para luego echarlas a “freir” en el indomable sol de nuestro litoral.
Y es que sí, pues, aceptémoslo: señorita peruana que nos lee, ¿puede acaso Ud., Francia, España o El Caribe envidiar de nuestras playas algo que no sea a un bello cholo enarenado?
yummm
machito saladito!
Tengo una foto de Chuto en la playa, borracho, cubierto de arena y rodeado de botellas, con la toalla blanca de COMPAQ al fondo y el six pack de chomp de naranja a maedio terminar.
A ver.
QUIEN DA MAS POR LA FOTO, SEÑORES?????
Chuto insta a los lectores de Choledad Privada para que publiciten cualquier material audiovisual que esté en sus manos sobre las prácticas que aquí se comentan. Con ello, aportarán a dejar claro que el objetivo de esta tribuna no es avergonzarnos ni ocultar nuestras choledades sino vivirlas a plenitud. Que vengan sus aportes!
jajja cholo enarenado