Algunos incrédulos en este país dicen que no hay héroes peruanos, que no contamos con referentes de personajes protectores de niños, ancianos y mujeres desvalidas; que frente a un delincuente no existe un defensor de nuestra integridad que los ahuyente con garbo, prontitud y fiereza. No pueden estar más en lo correcto. Guachi-Mario es la antítesis de un héroe protector, pues su trabajo no tiene como misión “proteger” sino “hacer que protege” lo cual, dejémonos de miramientos, es una tarea mucho más difícil. No rechazamos, justamente por ello, su naturaleza pródiga de peruanidad y digna de exportación como un nuevo modelo de super héroe urbano.

Sabemos que no hará falta mucha explicación para identificarlos porque convivimos con ellos día a día pero aquí van algunos detalles para describirlos con honor:
1. Vestimenta de exportación
El clásico uniforme marrón 20 bolsillos e inscripciones en letras amarillas como “Vigilante Privado” (aunque hay algunos mas modernos con inscripciones tales como “Liderman”) sin saber si el “privado” se debe entender como negación de algo público o mas bien como “ausencia de algo”. Si de las herramientas con que cuenta para combatir al hampa estamos hablando, definitivamente nos referimos a lo segundo ya que Guachi-mario tiene únicamente un cinturón negro al cual se adjunta una “macana” de cuero negro, también. En el mejor de los casos, un walkie talkie de corto alcance. Su “base”: una caseta de madera de 25cm x 50cm ofrecida por los vecinos en un arranque de tortura solidaridad o una silla de plástico (casi siempre proveniente de algunas de las terrazas de los distritos residenciales donde labora).
2. Las multi-misiones del Guachi-Mario
Cuando no está leyendo Ajá, Chuchi o terminando el crucigrama de la farándula del magalygesco chollywood, las misiones del Guachi-Mario se reúnen en la siguiente clasificación.
a) Su misión social: representar el orden, al justicia y la paz.
b) Su misión en el papel: vigilar la cuadra.
c) Su misión real: i) si lo encontramos en distritos tradicionales… ahuyentar con un pitido asustadizo a las pandillas juveniles (o tocarlo repetidas veces ensayando “un efectivo accionar” en una versión moderna de “Pedro y el Lobo”; ii) si lo encontramos en distritos residenciales… abrir la cochera, cargar las bolsas de Wong o alzar la mano hipócritamente complacido cada vez que deja pasar un vehículo de marca en el condominio (cuando, obviamente, no tiene la menor idea de quién es); y iii) si lo encontramos en la puerta de algún establecimiento comercial… honrar el origen anglosajón de su apelativo y, simplemente, hacer la actividad más natural y mundana de la vida cotidiana: mirar.
3. El croquis humano
La mayoría de veces, la estrategia de recreación sublime del Guachi-Mario es fingir que conoce los nombres y las ubicaciones de las calles aledañas cuando le preguntan una dirección, para terminar luego en un hastiado “desconozco mayormente” o un condicional “no sabría decirle” que nos deja una sensación fantasmagórica de que pudo haberse dado el caso, en un universo paralelo, de que la conociera o que eventualmente la pueda conocer (es más, si le dejas tu número podría llamar a darte el dato… cuando lo sepa).
4. Levantaegos femenino
Otra de sus distracciones afamadas es el popular “cireo”, aquella patetática y vulgarmente coqueta manera del Guachi-Mario peruano (y otros pares trabajadores urbanos como el obrero, el técnico de “la” Telefónica, y otros) por desenamorar a una vecinita que se pasee presurosa por sus veredas ya sea con algún piropo censurable hasta por el canal Venus o con alguna mirada libidinosa (que, en estos casos, tiene una función análoga al miccionar de un can cuando marca su territorio… pero es lógico, después de todo, este es su territorio).
Los Guachi-Marios peruanos son emblemas de un urbanismo disuasivo, una treta visual donde el espantapájaros que ahuyenta a los pájaros de las cosechas es llevado a la ciudad como una gran muñeco humano que usa su sola presencia para prevenir el robo. Gracias a Dios, ni los fatales cercos eléctricos ni la tecnología de punta de las alarmas ha podido desterrar de nuestras puertas a Guachi-Mario y su solemne calcomanía que afea con una belleza rústica nuestra fachada (muchas veces con el dibujo de un águila o de una escopeta) con su amenaza bíblica: VIVIENDA VIGILADA.
El guachi, querido personaje perucho… hasta que llega la medianoche y no deja dormir con su incansable pitido, usualmente, sin razón.
Por cierto, ¿Hay requisitos para ser un guachimán?
[...] Nos visualizamos en Lima: sabemos que tenemos que parar en la próxima esquina y programados para el desenlace de esta aventura urbana diaria, renunciamos a nuestra primera persona y no decimos “Bajo en el paradero” sino que preferimos tercerizar el pedido y lanzarlo en formato de arenga pública “Paradero baja” (es como si creyéramos que repitiendo el mismo código del cobrador, el chofer nos hará más caso). Y lo hace, pero no pretende parar del todo pues debe cumplir con sus tiempos antes que los apuntadores les lancen el “5-3-1″ fatal que evidencie su demora, así que aún a 40km por hora, se abre la puerta y aparece el Mind the Gap en versión peruana: “Pie derecho“, que no es sino el tip criollo con la que la cultura combi nos “recomienda” saltar sin mayor daño, es como un “yo que tú, pongo el pie derecho al bajar”. Si no bajamos a tiempo empieza a sonar el desesperante claxón de la combi emulando la canción infantil “La Cucaracha” o el cireo de un picarón Guachimario. [...]
[...] laboral pendiente. Es más, en una suerte de nueva emulación del “10-4, 10-4″ de los Guachimarios y los Serenos de los municipios con sus [...]