Foto tomada en el resort pucallpino “La Divina Montaña”. Perfecto para el aniversario de Choledad.
Todos hemos puesto alguna vez nuestro cacharro en los orificios de esos típicos fondos de escenografía turística que nos invitan, entre risas, a jugar a ser personajes con los cuales no sentimos (aunque tengamos) real vinculación. En el museo de la Santa Inquisición, en el parque de las leyendas de San Miguel, en el cuerpo de Mickey Mouse en Disneyworld. Y más aún, la tecnología ha democratizado esta práctica a niveles increíbles, donde con el talento de Photoshop todos podemos poner nuestra cabeza literalmente en el cuerpo de otro aun cuando sabemos de sobra que eso no significa “ponernos en su lugar” en el sentido más lato de la frase.
El quid del efecto risa que producen este tipo de fotografías es, al mismo tiempo, el quid del efecto reflexión que produce este artículo: sonreímos (¡qué chistoso!) de sabernos en el lugar de quien no nos sentimos iguales, y por tanto, el contraste explícito entre nuestro rostro y su existencia parece tan extremo y tan inimaginable que la risa abierta nos viene a la boca; sabemos -por-supuesto-que-sabemos- que es el fondo de un escenario que no nos toca, que no nos pertenece.
He visto y me he tomado miles de fotografías así, pero hoy que recorro nuestra tierra pucallpina encuentro vacíos y gravitatorios estos rostros que no pueden mirarme con sus propios ojos, no me atrevo a ponerme ahí sin antes pensar si sería capaz de ponerme en su lugar el tiempo que dure la espera del flash.
P.D. Me acordé de este dibujo similar a propósito de nuestra incapacidad por ponernos en el lugar de los afectados por nuestra violencia interna. Fuerte. Yo voto porque cada vez que se haga una exposición o conferencia sobre ese tema, se ponga un escenario con esos personajes para que la gente se atreva a ponerse en el lugar de quienes compadece o condena.
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