Sí, pues, el peruano es un buen descriptor, una cualidad nata por intermedio de la cual calificamos y cualificamos sin tapujos: “ese chato”, la “pelo pintado”, “la cholona”, “es neciazo”, “es un tamal mal envuelto”, “bien calladito es, ¿no?”, “recontra juerguerazo”, “isi conche”, “es gay”, y demás etiquetas que pretenden condensar y sensacionalizar la descripción pícara sobre el otro. No hay mala intención en ello, es sólo el identikit colectivo que compartimos como código socializador.
Pero el plus, algo más, viene cuando despues de ametrallar cual Rambo viejo a nuestro “amigo” con toda una gama universal de clichés, defectos, suposiciones chismesísticas, y encaletados ninguneos, el perucho ducho en el arte del “quedar bien” tantea a su público oyente y cree conveniente contrapesar ese fusilamiento inmisericorde con el siguiente deslinde: “ah!, pero es buena gente”,