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De El A-wiki-chú de Choledad Privada

...CHOLOS TRABAJANDO...
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Cholegas nuestros: Aunque dejamos sin vida esta popular sección de choledad donde todos meten cuchío en los artículos (no por falta de democratización de la choledad ojo, sino por mera y pura flojera en la actualización), hoy reactivamos esta importante ventana innovadora en el mundo virtual de la choledad.

Para los que recién llegan, lean las instrucciones de uso aquí. ¿Qué hemos escrito hasta ahora? Pues sobre el trauma chileno, sobre los combinados, sobre la identidad combi y sobre el huevoneo (pendiente).

EL CHOLO MIGRANTE

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Pues es hora de hablar de un tema mofostro: el cholo migrante. Este será nuestro personaje número 20 de la choledad y esperamos contar con el aporte de la choledad del exterior y del interior. ean creativos, audaces, picantes, no duden en usar bromas y anécdotas que ejemplifiquen, la edición final sérá la que le dé el toque de gracia, pero básicamente respetaremos su estilo.

La cholega caserita Canelita nos deja un primer insumo, a ver cómo va?

Cuando vives fuera, puede pasar varias cosas: o te pasas totalmente al lado oscuro (o sea, te olvidas del Perú y te enfocas 100% en asimilarte a tu nuevo entorno), o adquieres el síndrome de “cholitis aguditis”. Es decir, adoleces de una perenne nostalgia por lo que dejaste, y hurgas constantemente entre tus recuerdos para así aplacar ese sentimiento que nunca te abandona. Buscas siempre en el Internet fotos, datos, blogs, noticias que te mantengan conectado al Perú. Escuchas la música de tus épocas allá, bailas los ritmos de moda en aquel entonces, te pasas probando los nuevos restaurantes peruchos que cada vez se hacen más populares por todos lados. Esas vivencias son el paliativo con los que más o menos puedes sobrevivir, cuando sólo puedes visitar el Perú de manera virtual.

Si eres de los que se siente invadido por la nostalgia de estar fuera del Perú, y deseas a toda costa sentirte como en casa, nunca está de más pasarse por un consulado peruano. Ahí revivirás la “burrocracia” de los engorrosos trámites por los que tenías que pasar en nuestro querido país. Empleados que son la ineficacia andando (y hasta te quieren sacar plancito), largas filas con la gente reclamando, criticando o chismeando a viva voz. Aquellos que se quieren pasar de vivos e intentar meterse en la cola. Pronto te das cuenta que hay algunos aspectos de tu vida en el Perú que puedes dejar en el olvido.

En las comunidades que albergan a grandes números de peruanos, siempre están las procesiones y sus kermesses con los puestos de comida peruana, las peñas, los conciertos a los que puedes asistir e hinchar pecho. Puedes fantasear que estás en las Nazarenas o en el Sachún, con toda la gama de experiencias, sabores, olores y colores que implica el estar en aquellos escenarios. Los dueños pregonando sus productos, una vez más las colas con la gente queriendo meterse o reclamando, letreros pintorescos, CDs y videos piratas, etc. Pero no importa, disfrutas del caos organizado por esos momentos, entras y sales para luego envolverte nuevamente en la rutina de tu vida foránea.

La gran paradoja de vivir en el extranjero, dependiendo de dónde te encuentres, es que vas comparando nuestras prácticas en el Perú con las que se adoptan en tu nuevo entorno. Pronto te das cuenta de los traumas y prejuicios que mantuvieron tus ojos vendados todo el tiempo. Te abre tu visión del mundo y de la vida, y llega un momento en el que aceptas que a fin de cuentas todos resultamos ser víctimas y perpetuadores activos de aquellas prácticas de las que acusamos a otros. Es un círculo vicioso que tenemos que exorcisar y del cual librarnos porque si no, sólo iremos hundiéndonos en un hueco cada vez más grande y profundo.

Comparto contigo una anécdota que me sucedió hace varios años. Aquí en Los Ángeles hay varios periódicos dirigidos por periodistas que supongo ejercieron en el Perú y ahora residen por estos lares. Algunos de ellos tienen una clara afiliación a ciertos partidos políticos peruano, pero lo que quiero destacar en esta ocasión es que casi todos ellos incluyen una sección de “notas sociales”, anunciando bodas, quinceañeros, cumpleaños, graduaciones, etc. Los hojeo, y ya. No me llaman particularmente la atención. Un buen día, en una reunión con un par de amigas que habían llegado recientemente del Perú, ellas se pusieron a leer el periódico. Casi de inmediato, con una indignación que me extrañó sobremanera, se pusieron a rajar de cuanta nota encontraban. “¡¡¡Pero qué se cree esta gente, qué huachafa, en el Perú estos apellidos jamás aparecerían en Caretas!!!” (ni en la versión perucha de ‘Hola’ si es que existe una, no sé). “Ay no, ¡¡¡toda la cholada ya se cree con derecho a insertarse en los sociales sólo porque pueden pagar el anuncio!!!”. Me quedé boquiabierta, y es que en ese momento no comprendí el por qué de sus reclamos, para mí era la cosa más natural. Luego de pensarlo un poco, debo admitir que de recién llegada también hubiese hecho una observación similar, no tan exagerada, pero sí hubiese notado el fenotipo de los fotografiados. Al menos estando aquí en Los Ángeles, la gran diversidad cultural-racial entre otros, te vuelve un poco ciego a la diferencia de colores.

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